Un Paseo

junio 12, 2012

Hoy he decidido darme un paseo por Villava, así que he cogido la “villavesa” enfrente de la estación de autobuses de Pamplona y no habían pasado ni diez minutos cuando he descendido, todavía en Burlada, justo en el límite entre los dos municipios. Me cambio de acera mientras comienzo mi pequeña peregrinación contracorriente del Camino de Santiago.

Escuela. EskolaAllí mismo, junto al invisible borde administrativo, se alza la imponente Escuela de Peritos Agrícolas de Navarra, según rezan los azulejos que coronan la fachada, pero la impresión que ofrece el edificio es de no estar en uso, aunque eso no impide que se pueda apreciar la belleza del edificio en todo su esplendor.

A continuación se levanta el edificio de los Dominicos, anexo a una joya arquitectónica, el Besta Jira, capilla de nuevo cuño sobre lo que fue creado para casino, fin al que se destinó el edificio en un principio, antes de su adquisición por parte de los padres dominicos. Poco más adelante, al otro lado de la avenida de Serapio Huici por la que camino desde que entré en Villava, está la fábrica de Esparza, fuente de uno de los pacharanes más apreciados de toda Navarra. Habrá que pensarlo, pero una botellita de Basarana no sería mal recuerdo de mi paseo.

SerapiohuiciToca cruce. Una señal indica, hacia mi derecha, la dirección a los que quieran ir a Huarte, o a Francia. Espero a que el hombrecillo de verde que vive dentro del semáforo me dé permiso y cruzo la carretera. A la izquierda se abre una placita donde destacan el Rollo y un gran mural en el que están representados los principales edificios de la localidad.

Enfilo la Calle Mayor, de la que la avenida por la que venía no es sino una continuación. La calle es estrecha, aunque se ensancha un par de veces. A la segunda me salgo de la calle, pues el ensanchamiento es la plaza Consistorial, y merece pararse, porque hay muchas cosas destacables. Camino por entre ocho columnas para saludar al busto de Sancho VI el Sabio, que me da la bienvenida. Más allá, en el centro de la plaza, me rodean el Ayuntamiento, la iglesia de San Andrés, el Frontón Atarrabia, el colegio La Presentación de las Madres Dominicas y el Club de Jubilados.

Me acerco a la puerta del frontón, y entonces observo la entrada a un parque, el parque Ribed, que ofrece un aspecto agradable, por lo que decido continuar mi paseo por él. En seguida, una vez superada la mole de la iglesia (y su esbelta torre) a mi izquierda, veo otra vez, la calle Mayor. Es momento de tomar un pequeño respiro en un banco y dejar que el sol caliente mis huesos, sin que el astro rey llegue a agobiarme, porque el sol de primavera no sabe de castigos.San Andrés

Continúo mi caminata saliendo del parque, justo enfrente tengo la rosada Casa de Cultura y vuelvo a tomar el camino de los peregrinos, pero, como antes, en sentido contrario.

Por cierto que pasa un grupo, numeroso, con sus mochilas y sus cayados. Les saludo con respeto y les deseo un buen caminar. A partir de allí la calle Mayor se olvida de su rectitud y empieza a serpentear en dirección a la Basílica de la Trinidad. Contemplo el vetusto edificio románico envuelto por el sonido de los saltos de agua que hay en el río Ultzama, que ahora ya va justo al lado de la calle, sin casas de por medio. Bueno, construcción hay: la obras de rehabilitación del antiguo batán y el principio del acueducto de la fábrica de ONENA.

Mi vista repasa el río contra corriente, pasando de un salto a otro, el primero natural, con grandes lajas de piedra, y el otro artificial, de regular cemento. Mi vista acaba posada en el Puente de la Trinidad, y de repente ya sé por donde continúa el camino que hago al andar.

Tras una paradita contemplando el río desde el hermoso puente medieval, sigo hasta el otro lado y giro a la derecha, dejando a mis espaldas el camino a Roncesvalles, y siguiendo ahora el curso del río, pero por la orilla contraria. Ahora mis pies pisan camino de tierra, no asfalto, y me rodea el calor verde de la vida, no el frío gris de la piedra, el ladrillo y el cemento.
ErregeAl llegar a un extremo del Complejo Deportivo Martiket, con sus pistas de deportes y sus piscinas, veo que un sendero sigue por la derecha, por la orilla del río, enmarcado por el propio río y un bien recortado seto que delimita las instalaciones municipales. Tomo ese sendero y respiro el sonido de la corriente y el canto de los pájaros. En verdad la mañana es amable. El sendero desemboca en un parquecito, donde destaca, en el medio, un extraño monumento, extraño porque no es tal, sino una torre de fluido eléctrico, pero lo parece porque está enmarcado por un seto perfectamente cuidado.

Al otro lado del parque salgo a la calle San Andrés, que no es sino la carretera que crucé antes, casi al principio del paseo, así que ahora vengo como de Huarte, o de Francia, vete a saber. Vuelvo a cruzar el río, en este caso por un puente mucho más prosaico, y recorro la larga fachada de la fábrica de Esparza. Cuando vuelvo a llegar al cruce, me meto en la oficina pero me informan de que no venden botellas sueltas, sólo por cajas, así que mi recuerdo de Villava al final lo compro en un supermercado cercano.

Respiro Villava por última vez mientras pienso, sentado en la marquesina del autobús que me llevará de vuelta, que he dejado atrás un buen número de razones para volver a esta vieja villa (pues vieja es, a pesar de que su nombre sea contracción de “villa nueva”), como la plaza de Miguel Indurain (el más universal de los villaveses), el parque de la paz o pasear por la Colonia de San Francisco Javier o el Barrio Ulzama. Y así, pensando en la Villava que aún me falta por ver, subo al autobús satisfecho después de haber disfrutado de un muy agradable paseo en una magnífica mañana de mayo.

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